Cerró la puerta y no llamó al ascensor. Bajó corriendo las escaleras. Huía de algo, de alguien. Aparentemente de si misma. El sacudón del último escalón aclaró su panorama: huía de esa poesía osada que no se animaba a escribir. Un aluvión de palabras intentaba inmortalizarse en un papel, pero su cobardía era lo suficientemente valiente como para desafiarlo.
Le faltaban agallas para expresar esa poesía muda. Eso dolía porque siempre había creído que uno era verdaderamente libre en su escritura pero ahora además estaba claro que también terminaba siendo presa de ella.
En cada paso que dio imaginó principios y finales pero por el momento el sabor de la libertad seguiría estando encerrado allí, tras los barrotes de su imaginación y la sensación de una posibilidad trunca.