
Hace poco me sacudió un recuerdo de la infancia. Me produjo cierto escalofrío el hecho de no poder determinar la edad exacta en la que tomaba una de las esquinas de la almohada con la punta de mi dedos para frotarla hasta dormirme. Estaba yo en mi cama, sintiendo un sueño feroz cuando tomé la almohada para acomodarla y mis dedos quedaron en esa posición. Lo recordé enseguida, fue un viaje en el tiempo que duró lo que dura un pestañeo nervioso. Habré tenido 3 o 4 años. No estoy segura.
Suelo poder remontarme con facilidad a rememorar lugares, sabores, olores y ambientes detalladamente, pero mi relación con la almohada excede todos los recuerdos. Extrañamente no guardo memoria visual de ello, sino más bien táctil. Y esta escena es tan remota como propia.
Debe ser el primer hábito (que recuerdo) construido desde mi propia individualidad, sin la imposición adulta. Más tarde surgirán en mi otras costumbres como masticar mis uñas sin pensarlo o separar las merengadas sin que se rompan las tapas antes de ingerirlas.
La historia de los hábitos o los hábitos con historia se aplican desde el aseo general, el uso del vaso, del tenedor o de la lapicera, hasta el cepillado de dientes, la ida a la escuela, la práctica de deportes y miles de otras cosas más. De un modo muy genuino, podemos afirmar que el pasado está presente y será futuro. Hay costumbres que nos marcaron de chicos, mecanicidades que aplicamos y aplicaremos hasta el día de nuestras muertes. Se trata de hechos automáticos que facilitan la vida y/o que nos mantienen sanos, porque lo cierto es que uno no suele reflexionar antes de lavarse las manos para comer…
Cuánta experiencia humana sintetizada vive encerrada en los elementos cotidianos que utilizamos mecánicamente. La necesidad de llevar a cabo con éxito la practicidad ha forjado creaciones tan geniales y de tal magnitud (algunas de ellas discutibles), que han logrado nublar el más sutil reconocimiento.
Vivimos en la pura inconciencia. Respiramos sin pensar y del mismo modo hacemos uso de las cosas más obvias, útiles y fundamentales para nuestra cotidianeidad. Pero ¿Cuántos hábitos propios (y cuando digo propios, me refiero a los creados por uno mismo, no copiados) llevamos a cabo?
Es interesante realizar este ejercicio, ya que uno desconoce la enormidad y la profundidad del pasado reflejadas imperceptiblemente en cada cosa que hace.
Y como solía decir mi abuelo materno “el mejor invento del hombre fue la cama”; punto y coma; aprovecho la oportunidad para desearles muy buenas noches antes de continuar con mi hábito de machucar la almohada con los dedos. ZZzzzzz.
Suelo poder remontarme con facilidad a rememorar lugares, sabores, olores y ambientes detalladamente, pero mi relación con la almohada excede todos los recuerdos. Extrañamente no guardo memoria visual de ello, sino más bien táctil. Y esta escena es tan remota como propia.
Debe ser el primer hábito (que recuerdo) construido desde mi propia individualidad, sin la imposición adulta. Más tarde surgirán en mi otras costumbres como masticar mis uñas sin pensarlo o separar las merengadas sin que se rompan las tapas antes de ingerirlas.
La historia de los hábitos o los hábitos con historia se aplican desde el aseo general, el uso del vaso, del tenedor o de la lapicera, hasta el cepillado de dientes, la ida a la escuela, la práctica de deportes y miles de otras cosas más. De un modo muy genuino, podemos afirmar que el pasado está presente y será futuro. Hay costumbres que nos marcaron de chicos, mecanicidades que aplicamos y aplicaremos hasta el día de nuestras muertes. Se trata de hechos automáticos que facilitan la vida y/o que nos mantienen sanos, porque lo cierto es que uno no suele reflexionar antes de lavarse las manos para comer…
Cuánta experiencia humana sintetizada vive encerrada en los elementos cotidianos que utilizamos mecánicamente. La necesidad de llevar a cabo con éxito la practicidad ha forjado creaciones tan geniales y de tal magnitud (algunas de ellas discutibles), que han logrado nublar el más sutil reconocimiento.
Vivimos en la pura inconciencia. Respiramos sin pensar y del mismo modo hacemos uso de las cosas más obvias, útiles y fundamentales para nuestra cotidianeidad. Pero ¿Cuántos hábitos propios (y cuando digo propios, me refiero a los creados por uno mismo, no copiados) llevamos a cabo?
Es interesante realizar este ejercicio, ya que uno desconoce la enormidad y la profundidad del pasado reflejadas imperceptiblemente en cada cosa que hace.
Y como solía decir mi abuelo materno “el mejor invento del hombre fue la cama”; punto y coma; aprovecho la oportunidad para desearles muy buenas noches antes de continuar con mi hábito de machucar la almohada con los dedos. ZZzzzzz.














