




| (Aunque sea terriblemente molesto, traten de leerlo sin reparar en la falta de acentos y de enies) Inspirado por su interes por el reino vegetal, mi padre decidio introducir caseramente al pais unas plantitas que logicamente carecen de traduccion, denominadas 'cheromujas'. Oriundas de Rusia, estas plantas de hojas elegantes, consideradas medicinales y portadoras de flores increiblemente perfumadas y de efectos aparentemente alucinogenos, viajaron embotadas en la oscuridad del equipaje aereo y a la deriva de la buena fortuna de mi padre al momento de cruzar los puestos de aduana. Luego de haber aterrizado en Ezeiza a principios del mes de diciembre, las cheromujas han logrado atravesar valientemente las vueltas del destino para transformarse en individualidades y por fin conocer a sus nuevos duenios desparramados por la Argentina: Olivos, Chascomus, Carilo y San Martin de los Andes. Todo transcurria segun lo planeado. Cada raiz en su maceta, cada hoja en su tallo, cada duenio con su reciente adquisicion. Pero existe un detalle con patas que merece un parentesis especial. Un pequenio ser surgio imprevistamente de la poca tierra que acompaniaba a las cheromujas. Los testigos aseguran que se desperezo notoriamente, luego de un prolongado y obligado letargo. Este bichito diminuto quizas nunca encuentre a los de su especie o quizas se adapte sin problemas. Tal vez nunca eche raices vagando en un suelo y clima desconocidos… Y mientras imagino sus sensaciones, recuerdo la invasion accidental de la tijereta en nuestro habitat patagonico, que cruzo la cordillera a bordo de la madera traida de Chile. Alejandonos del azar, tal vez desconozcamos los verdaderos planes de nuestro simpatico amigo, quien por ahi se decidio por el exilio luego de una crisis de hartazgo provocado por el crudo frio moscovita. Quizas se trate de un expatriado, un renegado, un aventurero, un bicho de otro pozo o simplemente de un exportado por error. Donde se encontrara ahora ? Estara gozando del pavimento hirviente, lidiando con alguna amenaza o embarcandose hacia un nuevo rumbo? (La foto se las debo, nadie alcanzo a retratar el momento de su desembarque en un jardin boscoso de la costa atlantica) |



Palabra cumplida. Para explicar la trayectoria de este fabricante de genios, conviene remontarse a dos años antes de su nacimiento, a 1870, cuando Savva Mamontov, un noble riquísimo, mecenas de las artes, compró una casa de campo en los alrededores de Moscú, Abramtsevo (donde había vivido Gogol), e instaló en ella -influido por los principios del inglés William Morris y su movimiento Arts & Crafts- una fábrica de cerámica artística. Mamontov se rodeó de diseñadores, escultores y pintores, a los que mantenía y estimulaba con generosidad e imaginación. Amaba el teatro y tenía, en su mansión moscovita y en Abramtsevo, pequeñas salas privadas donde se presentaron las primeras escenografías inspiradas en el folklore eslavo, con su particular estilo "ilustración de cuento de hadas": coloridas, minuciosamente detalladas en clave fantástica, sin duda derivadas de los íconos bizantinos (origen de la pintura rusa) y de las imágenes populares con que los juglares trashumantes hacían entender sus leyendas a los campesinos analfabetos, en Rusia como en el resto de Europa. Las primeras pinturas de Kandinsky o las características cajitas esmaltadas en negro con delicadas figuras legendarias, en venta aún hoy, hablan ese mismo lenguaje, entre rústico y refinado, de la imaginería eslava. A ella debe sumarse también el aporte de los escitas nómadas y el del Asia Menor, desde las bestias fabulosas venidas de los santuarios de Siria hasta las miniaturas persas, cosechadas en el Camino de la Seda a través de ciudades cuyos nombres resuenan en Occidente con ecos de Las mil y una noches : Samarcanda, Basora, Ispahan
Toda este portentoso cargamento iconográfico, de una riqueza ornamental inigualada, se volcó en las escenografías creadas para los teatros de Mamontov, de cuyos talleres surgió, tras una primera etapa estrictamente privada, la segunda generación de los grandes escenógrafos que deslumbrarían a Occidente: Bilibin (1876-1928), Korovin (1861-1939), Golovin (1863-1930), Natacha Gontcharova (1881-1962; descendiente del poeta Pushkin), Larionov (nacido en 1881) y el acaso más famoso, León Bakst (1866-1924). Todos ellos y el gran Alexander Benois (1870-1961) acompañarían a Diaghilev en su asedio y toma de París, a partir de 1906.
Del examen de la carrera de Diaghilev nace, en principio, la hipótesis de una estrategia muy hábilmente concebida. Tal vez no haya sido así, pero los hechos parecerían probarlo. Su primer movimiento fue acercarse a la galaxia Mamontov -quien en 1898 había llevado su troupe a San Petersburgo- e integrarse a ella. En 1904 fundó la revista Mundo del Arte , órgano de la asociación artística del mismo nombre, y promovió la aparición de otras ( Apolo , El Vellocino de Oro ) en las que colaboraron los más importantes creadores en múltiples disciplinas. Ya en 1897, Serguei
(conservaba todavía el nombre eslavo, que más tarde simplificaría en el Serge francés) había llamado la atención en San Petersburgo al organizar una exposición de acuarelas inglesas. Al año siguiente fue el turno del arte escandinavo, con idéntica repercusión. Y en 1905 llegó por fin la de arte ruso, en el espléndido palacio de Táurida: allí estaban todos, los orfebres de las estepas, las alfombras del Turquestán, los vidrios pintados por artesanos populares, los bocetos de los escenógrafos, los grandes pintores con el tradicional Repin y el moderno Serov a la cabeza. Y puesto que los decoradores de teatro eran también dibujantes, grabadores y pintores calificados, lo que ellos expusieron es, desde una mirada actual, la simiente del arte de vanguardia, tal como florecería inmediatamente después de la revolución de 1917 y que el estalinismo haría abortar.






Respetando mi faceta previsora, repasé detenidamente los nombres de las avenidas principales y entrené mi memoria visual una semana antes de la llegada de mis amigas “las mellizas”, para poder cortar con el cordón paterno dependiente y aventurarme con el Niva por el laberinto moscovita. Sus calles ondulantes, sus ríos viajeros y sus bosques de abedules, sólo pueden compararse con las impresionantes reliquias que podrían poner a prueba la capacidad de asombro de cualquiera.