
Mi tío es milonguero y vive en el exterior hace muchos años ya, pero visita su ciudad natal cada vez que puede. El domingo pasado terminamos saliendo solos por varias razones, y me dejé llevar por sus intereses para sumergirme en la ciudad de la furia y descubrirla de otro modo. Caminamos por las calles nocturnas de Buenos Aires cruzando la 9 de Julio más de una vez para recorrer la mayor cantidad de milongas posibles.
Nunca imaginé que el tango tuviera tantas aristas, tantos matices, tantos adeptos… jóvenes, adultos, viejos, gordos, flacos, orientales, norteamericanos, europeos, adolescentes… desconocidos conociéndose en la pista. Y allí estaba mi tío, respondiendo mis preguntas en una mesa redondita al borde de la pista, mientras observaba a las potenciales compañeras de baile.
La música tiende a escurrirse por los parlantes logrando juntar muchas parejas dispuestas a enredar y desenredar pasos, hasta que la cumparcita suena anunciando el fin de la velada. Las luces casi nunca son muy pronunciadas (no sé si porque dan real ambientación al lugar o porque deben disimular el desgaste del inmueble).
Los hombres tienen que mirar a las mujeres y esperar a que alguna no esquive la mirada, esa es la señal más alentadora, pues a partir de allí, el hombre cabecea, se acerca, y la invita a bailar. El código milonguero es inagotable, eso lo dejo para el próximo capítulo. Lo que sí puedo decir es que hay costumbres muy viejas que perduran, así como también el contenido de las tandas musicales.
Están los que van solos o en pareja, y por lo general se sientan en un lugar específico que demuestra su nivel de predisposición al baile. Están los pitucos, los informales que van en zapatillas, los que se engominan al mejor estilo Gardel y los que se ponen desodorante en el cuello para conquistar a sus compañeras.
Mi tío bailó en todas las milongas visitadas esa noche. Su rostro irradiaba felicidad y concentración al mismo tiempo, mientras yo esquivaba miradas masculinas y escribía mis pareceres en una servilleta que tomé de
La cumparcita ya comenzó a sonar de fondo, pero no sé exactamente qué se detonó en mí esa noche bizarra. Fue como un exprimidísimo resumen o un breve adelanto. Tal vez sea sólo un vistazo a un mundo al cual atiné a asomarme como mera observadora de la mano de un familiar muy querido, o quizás represente un maravilloso umbral optimista, porque esa noche el tango dejó de ser triste para convertirse en algo más.