
Debo ser la única que mira detenidamente por la ventanilla mientras viaja al trabajo a bordo del 168 a la mañana, la que se sorprende por lo rápido que la manteca se convierte en punto pomada para cocinar algo de pastelería, la que se sonríe entre las góndolas de los supermercados observando los precios, la que le saca fotos a las casas marchitas rodeadas de jardines añosos, la que no usa paraguas en un día de lluvia, la que va a la clase de indoor cycling y siente que está en un sauna musicalizado, la que le habla a los empleados metidos en las casillitas del peaje de la autopista, la que prefiere quedarse en casa en lugar de ir a pasear al Tigre o al Shopping durante el fin de semana, la que no se acostumbra a las farmacias y autoservicios abiertos las 24 horas y la que a pesar de haberse arrutinado, todavía cree que es turista en (¿su?) ciudad.
















