
Por una de esas casualidades de la vida o por esas causalidades del ámbito laboral, he comenzado a leer material relacionado con el liderazgo empresarial, el autoconocimiento, la negociación creativa, ejercicios sobre el yo ideal y la autogestión.
Justo cuando comenzaba a rendirme, a aceptar que el trabajo ideal no existe y a comprender que las ganancias económicas son directamente proporcionales a las cosas que no disfruto hacer, justo cuando pensé que estaba “madurando” ese aspecto tan adolescente, tan infantil y tan caprichoso de buscar la combinación ideal entre vocación e ingreso, justo en ese momento caen en mis manos textos con preguntas puntuales como How to get stuck in the wrong career? de Herminia Ibarra.
"Son pocos los que se dan el lujo de hacer lo qe les gusta y ganar dinero", frase repetida pero muy cierta.
Algunos de los contenidos que leí insinúan que las personas que nos rodean cotidianamente colaboran con la construcción de la visión de uno mismo, pero en mi caso percibo que gente muy cercana a mi tiene muy diferentes visiones y eso también aporta a este eterno boyar, a esta sensación de no estar en una actividad al 100%. Nuevas dudas aparecen, ¿seré muy influenciable? ¿será acertada la decisión de consultar a terceros?Dudas hay muchas pero la gran dueña y señora de todas las dudas es la que ronda la idea de qué hacer y cómo llevarlo a cabo.
Charlando con gente del ámbito laboral, descubro que casi todos están en la misma situación. Me sentí reconfortada por la empatía y por el proceso de identificación mutua que se generó, pero al mismo tiempo tuve un atisbo de envidia, de desesperación. Entonces resurgió un pensamiento que continuó torturándome con esto de la inmadurez, de la aceptación de la situación y del entorno. “Es lo que hay” dicen los españoles con realismo. “Es lo que hay, pero…” es lo que me sale decir a mi.
Los peros parecen ser mi especialidad, según lo que me han dicho en muchas oportunidades, pero, ja, evidentemente esto es algo que no puedo evitar preguntarme una y otra vez. Y con cada pregunta surge con más y más fuerza la idea de la aplicación misma.
Para trasladarlo al ámbito de las emociones, es como correr aceleradamente en la cinta del gimnasio. Uno siente la mente girar sobre lo mismo una y otra vez sin lograr moverse de ese mismísimo punto, como si el pensamiento se estrellara inevitablemente en el estancamiento.
Boyar se transforma en algo tolerable, pero muchas veces las aguas se agitan y la desesperación arrasa con fuerza. El hecho de rendirse en manos de la rutina que poco aporta o acabar enfrentando los miedos que genera lo desconocido, terminan siendo situaciones que se anulan, se compensan, y se equilibran en este estado de plancha conformista que se agita cuando las pulsaciones se elevan, los minutos rebalsan y los kilómetros se acumulan en la cinta del gimnasio.